Padezco puzzles y librerías
a medianoche, a mediodía
padezco
postres y escaleras
ese beso pendiente padezco
La mar y la biblioteca de Pierre Jacomet
el "estás radiante" que me decías
devolviéndome,
justo a veinticuatro centrímetros del abismo.
Padezco estas palabras y sus gestos,
tu lectura oculta y sin prisa.
Padezco un ronroneo en tu mano azul
tu mano tan azul como el aire de ese beso
tú ahí, siendo cielo y océano
en este atardecer que golpea
bajo mi cama, donde
padezco estas manos, los ecos
de esta casa.
Padezco el árbol que bordea la ventana y el rumor de la noche
padezco que ya no hay recuerdo, sino luces trazando el mapa
padezco, tu belleza y lo triste:
abro apenas los ojos para poder ser la mitad
de lo que desconozco.
Padezco eso que fui ahí
contigo,
desde donde escribo -un bosque no precisamente de hojas caídas-
padeciendo demasiado silencio y olvido para estos días
de grandilocuentes y memory stick.
Hoy nadie escucha: sólo tú este grito mudo.
Y podrían ponerse a padecer cuántas flores y jardines,
las secretarias y los carniceros, padecerían tal vez este mismo síntoma
del no saber donde ir
del no saber partir,
porque somos muy tempranos a nosotros mismos
y se nos enfría el té tiritando de frío.
Padezco un entremedio en el tiempo,
la hora que falta o resta
una permanencia en la sorpresa
por lo mismo, tu reflejo no olvido
nuestras palabras encontradas
y el azar,
nuestra ceremonia
fundando lo incierto.
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