viernes, 6 de agosto de 2010

Padezco puzzles y librerías

a medianoche, a mediodía

padezco


postres y escaleras

ese beso pendiente padezco

La mar y la biblioteca de Pierre Jacomet

el "estás radiante" que me decías


devolviéndome,

justo a veinticuatro centrímetros del abismo.



Padezco estas palabras y sus gestos,

tu lectura oculta y sin prisa.

Padezco un ronroneo en tu mano azul

tu mano tan azul como el aire de ese beso

tú ahí, siendo cielo y océano

en este atardecer que golpea

bajo mi cama, donde

padezco estas manos, los ecos


de esta casa.



Padezco el árbol que bordea la ventana y el rumor de la noche

padezco que ya no hay recuerdo, sino luces trazando el mapa

padezco, tu belleza y lo triste:

abro apenas los ojos para poder ser la mitad

de lo que desconozco.




Padezco eso que fui ahí

contigo,

desde donde escribo -un bosque no precisamente de hojas caídas-

padeciendo demasiado silencio y olvido para estos días

de grandilocuentes y memory stick.


Hoy nadie escucha: sólo tú este grito mudo.


Y podrían ponerse a padecer cuántas flores y jardines,

las secretarias y los carniceros, padecerían tal vez este mismo síntoma

del no saber donde ir

del no saber partir,

porque somos muy tempranos a nosotros mismos

y se nos enfría el té tiritando de frío.


Padezco un entremedio en el tiempo,


la hora que falta o resta

una permanencia en la sorpresa

por lo mismo, tu reflejo no olvido

nuestras palabras encontradas

y el azar,

nuestra ceremonia

fundando lo incierto.








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