Jugábamos a llenar las hojas de los cuadernos
a veces con tinta de jazz, otras con sombras.
Íbamos, con el pensamiento
abriendo el silencio,
leyendo los inesperados movimientos del otro
como en una danza oscura
y en un entremedio recogíamos el eco
de lo no dicho,
de lo que no puede ser dicho
para refugiarnos en aquel lugar fecundo.
Y abrazarse era mejor con un susurro,
con una sonrisa debajo del pañuelo luego de la despedida:
hicimos de lo invisible al gesto que acompaña y rescata
hicimos de lo invisible al gesto que acompaña y rescata
cuando la noche aprieta al pecho el nudo de soledad.
Jugaban las palabras también con nosotros que nos escribían,
a un tipo de curiosa cercanía lejana, cómplice
a destiempo entremedio del tiempo,
y en el reflejo jugaban
a cortarnos de pronto el abandono.
Jugaban las hojas de te,
las cucharitas de café expreso,
los barcos del abuelo,
las boletas emitidas,
el helado de vainilla,
los comics,
las carpetas
y la tinta china.
Jugaba Pedro Aznar, Miroslav y Louis Malle,
la nouvelle vage, la hermana delirio y Kurt Cobain.
Jugaban en
no sé qué escenario...
se escondían en
un aparente piso de tiza...
y ahí dejaban un trazo mientras desaparecían,
oscuros,
oscuros bajo el sol de media tarde.
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